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MEMORIA

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MEMORIA

En los albores de la escritura los defensores de aquella nueva forma de comunicar no lo tenían nada fácil. Debían competir con un mundo acostumbrado durante milenios a transmitir las ideas, los miedos, las tradiciones y las condenas de manera oral; a aprender de memoria largas secuencias de palabras rítmicas y rimadas en las que yacía la sabiduría. Era más fácil canturrear un texto que escribirlo, conservarlo, aprender a leerlo, copiarlo... Uno de los libros más bellos que he leído en mi vida es El infinito en un junco (Irene Vallejo, Siruela, 2020). Es un viaje histórico, poético y personalísimo a los orígenes de nuestra pasión por el texto escrito, por el papiro, el cuero, el papel, el lomo, la imprenta, la tinta... Los seres humanos nos hemos ido acostumbrando con el tiempo a la palabra impresa, que no es el modo en el que la naturaleza pensó que íbamos a comunicarnos cuando confeccionó nuestro cerebro, y ya no podemos vivir sin ella. Recuerda Vallejo las enseñanzas de Sócrates a Fedro sobre el origen del arte de escribir. El dios Theuth, inventor de las letras, contaba al rey Thamus las virtudes de su invento: “Este conocimiento, oh, rey, hará más sabios a los egipcios, es el elixir de la memoria”. El rey era un escéptico, uno de esos que hoy renegarían de Tik Tok: “Le atribuyes a tu invento virtudes de las que carece. ¿No ves que es olvido lo que propiciará? Si nos fiamos de los libros descuidaremos la memoria”. Sócrates pensaba que arrojarse a la escritura haría a los hombres abandonar el esfuerzo de recordar: ¿para qué serviría aprender una idea, si siempre podría acudirse a un texto donde quede fijada para siempre? Eso es exactamente lo que los agoreros del mundo digital dijeron ante el primitivo Google: “¡No hará falta aprender nada! ¡Seremos ignorantes digitales sin ninguna idea en la cabeza y con todas las respuestas a golpe de clic!”. Ni Sócrates ni los luditas del siglo XX tenían razón. La palabra escrita es hoy la fuente más rica de nuestra memoria. Firmamos el contrato de nuestro primer alquiler de puño y letra, cincelamos en mármol el nombre de nuestros héroes, grabamos el regalo de graduación de nuestros hijos con una frase que queremos que recuerden para siempre, ponemos negro sobre blanco el relato de una hazaña para fijarla en la memoria colectiva. En este peor-año-de-nuestras-vidas en Esquire hemos querido imprimir unas cuantas páginas dedicadas a un puñado de nombres que, haciendo gala de la mejor versión del hombre, nos han ayudado a sentirnos mejor. Todos los años premiamos a nuestros mejores artistas, cineastas, escritores, músicos, deportistas... y los convertimos modestamente en Hombres Esquire del Año. Pero esta vez el mérito lo tienen otros: figuras anónimas, profesionales abnegados, investigadores incansables, corazones solidarios, sanitarios heroicos... Ellos son los Hombres del Año 2020 y su nombre quedará impreso para siempre en este papel mate, volumen, de 70 gramos, impreso en cuatricromía por Rotocobrhi y salido de bosques gestionados sosteniblemente al que en la casa todos llamamos “nuestra piel”. Seguir leyendo

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